domingo, 5 de febrero de 2017

Hay una zombi en el barrio



"Quiero que esto funcione", le dice apenada Sheila Hammond (Drew Barrymore) a su marido Joel (Timothy Olyphant). El pequeño detalle es que lo hace mientras intenta disimular que está masticando un suculento bocado de entrañas, de un hombre al que acaba de asesinar. 

La serie estreno de Netflix "Santa Clarita Diet" es subversiva desde el primer capítulo. No sólo porque enfrenta al espectador a la crudeza de la comedia-horror, sino porque además se propone trastocar todos los clichés de las series de zombis, un género que fascina a los estadounidenses y que cuenta con cientos de miles de aficionados en todo el planeta. 

La pareja de agentes inmobiliarios tiene una vida normal, propia de una familia de los suburbios, que es puntillosamente retratada, como lo hace la gran mayoría de las series de la industria. Hasta aquí todo parece conducir al juego narrativo visitado hasta el hartazgo por el género. Sheila, Joel y su hija adolescente Abby (Liv Hewson) viven en una casa grande con jardín, en Santa Clarita, un barrio residencial de Los Ángeles donde aparentemente nada ocurre. Sheila se levanta un buen día sintiéndose extraña y a partir de ese momento, ya nada será igual, ni para ella, ni para el espectador desprevenido.

Los zombis no vienen a comerse al vecindario. Tampoco aparecerán de noche en un plano oscuro y espectral. Los zombis no son aquí ese otro "extraño" que infunde el terror y al que hay que combatir para garantizar la supervivencia de la población "normal". En este caso, esta mujer madura recientemente convertida al mundo de los muertos vivientes intentará integrarse a la sociedad estadounidense y continuar con su vida típicamente americana. 

El objetivo no será muy sencillo de alcanzar, considerando que por ser un muerto-vivo Sheila carece de Superyo, y por lo tanto se dejará llevar por los impulsos del deseo, una característica difícil de compatibilizar con la sociedad del control. Si a esto sumamos el hecho de que debe asesinar personas para alimentarse, el nuevo estado de la mujer llevará a los protagonistas de la serie a atravesar las situaciones más desopilantes, poniendo en tensión el deber ser social con la fuerza de un 'ello' naturalmente imparable.

Una Drew Barrymore ya madura, alejada de aquella joven actriz conflictuada con la vida y de la niña de cuatro años que debutó en el cine con ET, se presta al juego creativo que le propuso el productor de la serie, Victor Fresco con simpleza y profesionalismo. En la piel de Sheila, Barrymore enamora aún comiéndose a una persona frente a la cámara.

Sin juzgar el hilo narrativo hasta el capítulo final, en principio "Santa Clarita Diet" se propuso demostrar que el universo zombi traspasó las fronteras del cine y llegó al de las series para quedarse. Si bien es cierto que recurre a una serie de lugares comunes que garantizan su condición "pochoclera" al máximo, Fresco logra darle un exitoso giro al morbo de los muertos-vivos, ganando varios puntos en una apuesta que otros directores de series zombis han querido alcanzar con mucho menos humor al menos. Sin embargo, la fórmula del culto al excentricismo tiende al agotamiento con el correr de los capítulos. 

Los diálogos responden al clásico de las comedias televisivas de la industria, recurriendo a la ironía y llegando al límite del oxímoron con las escenas más sangrientas. Otro punto a favor de la producción estreno de Netflix a la que quizás le cuesta ofrecer coherencia interna a ciertos hechos en los que incurren los personajes. De todos modos, aceptando las reglas del contrato propio de una ficción para mirar 'on demand' en casa y en pantuflas, sin dudas vale la pena darle play. 
  











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